Historias de la segunda infancia. 2ª parte y epílogo

Los segundos parecían horas, las horas días y los días años de imperecedero miedo. Nunca supe cuánto tiempo estuve allí, cuántas horas habían transcurrido desde que me encerraron en aquella bodega húmeda y maloliente y en la que mis terrores, los más profundos, los del alma infantil, los que duermen debajo de la cama, acudían a mí, todos juntos, al unísono para torturarme desde lo más profundo de mi imaginación.

En aquellas, tal vez horas, todavía no lo sé con exactitud, el pánico se apoderó de mi y apenas me dejaba respirar. Sentí como el ahogo empequeñecía mis pulmones hasta el tamaño de una burbuja diminuta, peleando con el espacio vacío para llenarlo de aire y volver sentirme vivo. Y en esa oscuridad, en medio del transcurrir de los minutos, tan lentos, tan pausados, tan infinitamente calmados, hallé un atisbo de esperanza, una solitaria luz entre tanta tiniebla, una luminaria que se expandía poco a poco hasta, rodearme por completo. No sabía exactamente si soñaba o estaba despierto. O tal vez ya estuviera muerto. De improviso, una calma infinita se apoderó de mi, una placidez, como nunca antes había sentido, ascendía por mis pies hasta llenarme de un gozo desconocido. Me vi flotando en el aire bajo el influjo de una paz inmensa que yo creí lo más parecido a la felicidad. En la sombra, aquel espectro, fantasma de mis sueños, alargó una pálida mano y acarició mi rostro con mucha suavidad y ternura, me tomó por el brazo y me transportó a través del tiempo y del espacio. En ese momento el aire fresco de la noche se deslizó sobre mi rostro y el olor de la hierba y el dulce sabor de la libertad impregnaron todos mis sentidos.

Tal vez, y solo tal vez, pude salir de allí por mis propios pies. Sinceramente lo ignoro. Tal vez mi enloquecida imaginación me transportó a otro mundo donde lo real y lo soñado se mezclan en una amalgama de secuencias indiferenciadas. O tal vez, una mano fantasmagórica, blanca como la nieve, un rostro de otra época iluminado por una sonrisa angelical , un cuerpo fatuo envuelto en una blanco vestido de domingo, me llevó en volandas desde aquella bodega oscura donde me encerraron Eusebio y Fermín, hasta el cielo abierto de la noche. Nunca supe ni sabré como salí de allí donde, sin piedad alguna, me arrastraron a pesar de mis quejas y súplicas, hasta aquel profundo pozo bajo el murallón del castillete. Los recuerdo echando cerrojo y alejarse entre risas y burlas. Y luego recuerdo el silencio más absoluto que poco a poco se iba llenando de voces extrañas, emergiendo de mi mente como monstruos al acecho. Y entre sollozos, lágrimas y miedos, llegué a percibir el aliento frío de la muerte, a creer que jamás abandonaría aquel tétrico lugar y a convencerme de que aquello sería mi tumba, sellada para siempre, como un hipogeo faraónico, donde nunca nadie me hallaría jamás. Luego, aquella cálida mano que me arrastró fuera, atravesando puertas y murallones, quizás en sueños, o tal vez sonámbulo, o en estado de “schok” o puede ser que nunca estuviera allí y nada fue real, y todo perteneciera a las alucinaciones provocadas por la adrenalina que el miedo segrega. Yo no lo sé, y tampoco quiero saberlo.

Tomé contacto con la realidad sobre la hierba húmeda de la campa de Miramar, por encima las luces titilantes de la ciudad que se extendía a mis pies y bajo el ruido lejano del tráfico y unas voces cercanas y familiares que bramaban en mis oídos.

– ¡Santi, Santi! ¿Dónde te has metido? – distinguí la voz de Javi.

– ¿Qué te han hecho esos cabrones? – preguntó Floren.

Y yo, aún absorto en mis sueños, no supe que contestar. Tan sólo sonreía a medias a la vez que las lágrimas se deslizaban lentas por mis mejillas. Todos se quedaron mirándome extrañados. ¿Qué le había pasado a Santi? ¿Por qué tenía esa cara de alucinado, como salido de un mundo paralelo?

No había palabras que pudiera decir, ni historias que pudiera contar. Tan solo en mi cabeza se agolpaban las imágenes de algo que ni siquiera yo tenía certeza de que hubiera existido realmente.

– Me encerraron en la bodega – acerté a decir por fin -…luego tuve suerte y pude escapar. La puerta estaba mal cerrada”.

Una mentira mejor que nada o, por lo menos, así yo lo creía. Pero no había sitio para la verdad en esta historia. Todavía hoy me pregunto por qué tengo yo esta foto entre mis recuerdos y cómo llegó a mis manos. Pero, sentado en mi butaca, ante la imagen de aquella niña de otro tiempo, no puedo sino esbozar una sonrisa involuntaria mientras la contemplo, una pequeña mueca de complicidad mientras su imagen se me hace borrosa en la cabeza, mientras oigo en mi recuerdo, a lo lejos en el tiempo, las risas y las voces de unos niños que, satisfechos con la aventura vivida, regresan a casa ya entrada la noche atravesando el amplio prado de la campa del Miramar, sobre la ciudad somnolienta que se dibujaba hasta el horizonte.

EPÍLOGO

A los quince años abandoné aquel barrio para siempre y, a pesar de tenerlo a la vista cada día, pocas veces fueron las que regresé aunque sólo fuera de manera provisional. Llegaron otros lugares y otros amigos y durante un tiempo no supe que fue de aquellos compañeros de la segunda infancia de los cuales guardo un recuerdo especial, ni bueno ni malo, tal vez único. A finales de los setenta, la heroína cabalgó desbocada por las calles de mi barrio y se llevó por delante el futuro de una juventud desubicada, entre ellos a Eusebio, que apareció una mañana de invierno en una furgoneta con el cinturón apretado en el brazo y le jeringuilla clavada en el alma. Sólo contaba veintitrés años. Poco después leí en los periódicos que Fermín murió mientras manipulaba un artefacto explosivo que pensaba colocar en un cajero automático. De Manolín y Jesusín no supe demasiado, salvo que mantuvieron su amistad por muchos años según me contaron. Floren desapareció totalmente de mi vida y casi también de mi recuerdo. Hace unos años, en una de mis visitas a Bilbao, me encontré con un antiguo vecino que supo reconocerme entre las canas y las arrugas. Me contó que Javi había muerto recientemente a causa del asesino más silencioso que convive con nosotros a diario, el cáncer. Sentí pena, a pesar de los años, a pesar del olvido. Decidí subir al barrio y recorrer sus calles de nuevo. Tuve la sensación que todo había empequeñecido de manera brutal, como si el barrio entero se hubiera estrechado violentamente y sus edificios hubieran encogido de manera considerable. Ya nada era igual que entonces. Me acerqué a la campa del Miramar y no pude reconocerla, ni siquiera el chalet de nuestra historia existía ya, derribado de manera impía para construir pisos que poco a poco se iban comiendo la colina de Bérriz y el monte Banderas. Fue entonces cuando me di cuenta de que de mi segunda infancia ya no quedaba nada y, en ese momento, tomé la decisión irrevocable de no regresar nunca jamás.

Historias de la segunda infancia. 1ª parte.

Hace pocos días, tal vez dos semanas más o menos, en una tarde lluviosa de domingo, el aburrimiento me consumía y nada que pudiera hacer o pensar lograba sacarme de ese espantoso círculo vicioso en el que se quedan atrapados los “abrimientos” de boca y las pulsaciones de todos los botones del mando a distancia de la tele. Ni siquiera la lectura sofocaba mi desesperación y la pereza, que acecha siempre al ocioso, comenzó a subirme por los pies lentamente hasta sumirme en una especie de letargo comatoso del que ya me era imposible salir.
Sin embargo se respiraba la ausencia del tiempo, como si su monótono transcurrir se hubiera detenido por unas horas para dejarme suspendido en un lapso casi infinito, como una venganza hacia los menosprecios de otras ocasiones, condenándome a una eternidad de haraganería y desazón. Casi como un autómata levanté mis posaderas del sofá y me dirigí a la cocina para prepararme un café cargado, si pudiera ser de dinamita, y aligerar el peso de la nada dando combustible a las neuronas y tratando de rehabilitar mi dormido sistema nervioso. Al volver taza en mano hacia mi “trono” del salón reparé por unos segundos en un antiguo álbum de fotos que se apoyaba de lado contra unos viejos tomos de historia en una de las vencidas lejas de la estantería. Por unos instantes me quedé un tanto perplejo de no haber reparado antes en él que, por la cantidad de polvo que acumulaba, parecía llevar allí más de cien años. Lo tomé en mis manos y me senté a hojearlo tranquilamente mientras saboreaba el café cargado y amargo y oía , como si fuera la música de fondo de una película, las gotas de lluvia golpeando con fuerza el cristal de la ventana.
El álbum contenía, amén de las fotos familiares de siempre, recortes de periódicos viejos de Bilbao como El correo, La gaceta del norte y alguno de la mítica Hoja del lunes, remodelados unos, tristemente desaparecidos otros; postales de la ciudad fechadas en los años sesenta y viejas fotografías de archivo de mi antiguo barrio, aquel en el que viví mi infancia más antigua, no la primera, esa que llaman tierna, de la que apenas guardo recuerdos, sino de la que yo llamo segunda, la exploradora, la de los primeros amigos, la descubridora de todo un mundo ahí afuera, las primeras peleas y los primeros tacos, la de la pérdida de la inocencia en la que descubrimos que no todo el mundo es bueno y que realmente existen los hijos de puta, los malhechores y los asesinos, la de la aventura y el miedo, la que esculpe nuestro carácter y en el recuerdo nos avergüenza a veces, la que odio y amo, en definitiva, la que me dio paso para formar parte de este perro mundo en el que el que no corre vuela y los buenos están llamados a la extinción.
Me detuve unos instantes mirando una de las viejas fotos de archivo. La extraje del álbum no sin esfuerzo y cuando la tuve en mi mano no pude menos que esbozar una sonrisa, de las que se dibujan en los rostros de las personas que, sin darse cuenta, se trasladan en espíritu a otros mundos lejanos en el tiempo o en el espacio y que les hace tocar los recuerdos como si fueran objetos al alcance de la mano. A mí me ocurrió exactamente eso. Me trasladé en una especie de viaje astral o como se llame, a otro tiempo, otro lugar, y sentí, como si estuviera allí mismo, todas las sensaciones que ya había vivido hacía casi cincuenta años. Hasta pude oler la hierba y el aire de aquel barrio que, naciendo al abrigo del monte, fue engullido por un mundo que no perdona y que no reconoce a sus hijos, y lo mismo los salva de una muerte segura que los devora sin piedad no dejando ni los huesos, ni la sombra de lo que fueron.
La foto en cuestión era de un caserón antiguo que se erigía por encima de un campo de hierba, majestuoso y decadente a la vez, sobre sus baldaquines de madera y piedra, antiguo como el siglo y majestuoso sobre el horizonte. Delante de él, una niña con un vestido blanco, anacrónico hoy día, posaba sonriente y borrosa. Tal vez una foto familiar de los que habitaron aquel caserón que parecía ubicada en los principios del siglo veinte. Tardé uno instantes, pero a la postre lo reconocí, el palacete de D. Mariano de la Torre, también conocido como Palacio Miramar, o más comúnmente entre nosotros como “El chalet”, ubicado en mi antiguo barrio de Arangoiti, asomado sobre un muro de piedra que terminaba en una balconada gris y sucia sobre un antiguo caserío y que descendía por la falda de la colina hasta la estación del tren de cercanías de Deusto. En seguida mi imaginación voló a aquellos años en los que la única calle del barrio, Araneco, subía en paralelo al cerro de San Bartolomé de Bérriz hasta la campa del Miramar, donde se ubicaba el palacete de Don Mariano, cerca del caserío Aguirre, en la falda del monte Banderas. Después, otras calles, como una cuadrícula creciente, se dibujaron en aquel barrio que, ocupado en su mayoría por emigrantes de toda España, crecía hacia arriba, arrinconando los antiguos caseríos y huertas hasta la mínima expresión y transformando el paisaje de manera grotesca y desordenada. Desde la ventana de mi casa, antes de que construyeran los edificios de enfrente que bloquearon mi vista, se divisaba todo el distrito de Deusto – La Ribera hasta el estadio de San Mamés, al otro lado de la ría del Nervión, y, al lo lejos, Altamira, la subida de Castrejana y los montes Pagasarri y Ganekogorta. Pero por aquel entonces yo solo era un niño de apenas diez años. Y los acontecimientos que me llevaron a ese recuerdo se produjeron en el verano de mil novecientos sesenta y nueve, cuando mi corazón estaba entero y apenas conocía la envidia y la crueldad de este mundo.
Los chiquillos como yo soñábamos con correr las mismas aventuras que nuestros héroes de las películas, las que veíamos en el cine parroquial, una lonja que hacía las veces de catequesis los días laborables por la tarde y de cine los sábados. A veces escapábamos por la cuesta de Capuchinos hasta Deusto, ya que no había otros accesos al barrio que no fuera un ascensor que atravesaba el monte y no podíamos usar para no ser vistos además de tener que pagar los setenta céntimos que costaba el viaje; y nos colábamos en el cine del mismo nombre, o en el Banderas, donde gozábamos con las aventuras de Sandokán o El ladrón de Bagdad, Simbad el marino, Maciste, Ulises, Hércules y muchos otros que luego llenaban nuestras horas de conversación y juegos. Así, después de cada sesión, nos reuníamos al abrigo del gran depósito de agua que abastecía los barrios de Deusto y San Ignacio y comentábamos a voz en grito lo que ya habíamos visto como si nuestro interlocutor lo desconociera, con la pasión del niño que apenas conoce más mundo que el de su calle y más gente que sus vecinos. Todavía me acuerdo de sus caras a pesar del paso de los años. Solo éramos cinco y todos vivíamos en la misma calle, es más, cuatro de nosotros en el mismo portal. Cinco, como una manada de perros callejeros, deambulando por las campas que rodeaban nuestro barrio o escondiéndonos en las obras de los edificios que estaban en construcción, como si fuera un refugio secreto, el santuario sagrado para nuestras confesiones, allí donde nadie podía escucharnos ni interrumpirnos. Jesusín era el más alto. Desgarbado y torpe, no muy hablador, apasionado de los coches y de tripa suelta. Padecía de incontinencia y eso nos trajo algún que otro disgusto. Su padre era marino mercante y aparecía muy poco por casa, así que prácticamente vivía con su madre y sus dos hermanas pequeñas. Javi era el más bajito. Nervioso y de risa extraña y compulsiva. Padecía de adenoides crónica y por esa razón su timbre de voz era absolutamente nasal. Ese problema le hizo objeto de burlas, sobre todo por parte de los de la banda de Eguileor, la calle que partía perpendicularmente Araneco por la mitad, donde Eusebio y sus amigos, mayores un par de años que nosotros, no perdían la ocasión para acosarnos y zarandearnos sin motivo y le lanzaban cantinelas despectivas: “Javi jaboneta toca toca la trompeta”. Era su forma de imponerse, o tal vez de compensar un terrible complejo de inferioridad debido a su estulticia y poco cerebro. Manolín tenía entonces doce años, era el mayor y el más fuerte, la cabeza visible de nuestro grupo. Mandaba y pugnaba por el puesto de “Jefe”. Provenía de un antiguo caserío que había sido vendido y derruido para construir más pisos y él y su madre, viuda desde hacía años, se habían trasladado dos portales más arriba del mío. Era el único que no vivía en el nuestro y todavía no recuerdo como llegamos a conocerle. Su más directo competidor era Floren, de mediana estatura, pero fuerte, el único que tenía mascota. Su padre era cazador y solía dejarle en casa algún cachorro de perdiguero, de los que utilizaba para ir al monte. Siempre enfrentado a Manolín y siempre en dura competencia con él. Por último estaba yo, Santi el zancas, o el piernas largas, o el voz de pito. En mi caso siempre iba a favor del viento, para sobrevivir en aquella manada era mejor no enfrentarte a nadie. Además mis aptitudes físicas no era de lo mejor y mi carácter, demasiado sensible para aquellos mundos, me impedía responder con arrogancia a las provocaciones. Así que prefería hacerme el loco y disimular. Ahora me definiría como cobarde, temeroso, dubitativo y sin carácter, Una joya para tener como amigo y guardarte las espaldas. Pero el tiempo me quitó la razón. Algo dormía en mi interior que yo ni siquiera conocía. Y de repente, un día como poseído por el diablo vomité furia e ira, y mi cuerpo se estremeció como sacado del infierno arremetiendo con toda la rabia que era capaz de acumular contra el jefe, el más fuerte, el mayor. “Así que tú eres del sur”, me había dicho muy sorprendido, “…no sabía nada. No sabía que eras Maketo. Mi madre dice que los maketos habéis venido a comer caliente”. Hasta ese instante no había sentido el desprecio ni la humillación por ser hijo de emigrantes andaluces, ni nadie me había reprochado serlo ni marginado por ello, muy al contrario. Pero para todo hay una primera vez y en aquella ocasión me tocó a mí. “Soy del sur, confederado y rebelde, capaz de cortar cuellos por un quítame aquí esas pajas y de machacar los cráneos de hijos de la gran puta, como tú” En realidad fue un pensamieto y toda aquella perorata no salió de mi cerebro ni mucho menos la pronunciaron mis labios, salvo unas lágrimas que resbalaron por mis mejillas y un bofetón improvisado que lancé al aire sin conviccióny mientras mi mano cruzaba el aire y apenas rozaba el rostro de Manolín, casi no podía dar crédito a ese valor escondido que se había apoderado de mi a pesar de los golpes que llovieron sobre mi cuerpo minutos después. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir, recibí la gran paliza, y aquella tarde me fui a casa con el sabor de la sangre en la boca y el labio partido, pero orgulloso y con la cabeza alta. Me enfrenté al intocable, al que nadie, ni siquiera Floren, se había atrevido a enfrentarse tan abiertamente. Y desde entonces me miraron diferente, incluso Manolín me respetó más si cabe, “pareces de aquí, no te amilanaste”, me dijo en una ocasión. Quizás la distancia que antes nos separaba se había acortado un poco, o por lo menos sus humillaciones fueron en adelante desafíos, retos para un enemigo respondón y fajador, que aguantó bien la pelea y los golpes, que no suplicó ni se rindió y que sólamente se marchó de allí cuando el que golpeaba se aburrió de hacerlo, alguien que no se calló y que posiblemente no se volviera a callar nunca más, o quizás simplemente fuera una sensación mía de las muchas que me quedan borrosas en el recuerdo y que yo quisiera conservar así.
Pero en el recuerdo perdura la niña de la foto y me sustrae a una tarde del mes de Julio de mil novecientos sesenta y nueve. Por entonces habíamos empezado a reunirnos en la campa de Miramar, junto al muro del castillete del chalet, tiempo ya abandonado, y la curiosidad por desentrañar sus secretos empezaba a hacer mella en nosotros. Además corrían rumores de que el palacete estaba habitado por un fantasma que lo recorría todas las noches en medio de un llanto de nostalgia por los tiempos pasados que ya nunca volverían. La casona, se alzaba con arrogancia a pesar de su ruina sobre nuestras cabezas, y sus fachadas sembradas de ventanas y balconadas, nos miraban con deseo, como retándonos desafiantes a penetrar en su oscuro mundo, quizás el lugar donde se ocultaba algún tesoro, o quizás a descubrir el fantasma del que tanto hablaban los niños. El edificio estaba completamente completamente rodeado por un muro de piedra, decían que traídas de Lezama, y sus puertas exteriores, alzadas sobre escalinatas de marmol bruto, estaban adornadas con bolardos esféricos sobre pedestales, como si fueran centinelas de guardia. Nosotros solíamos ubicarnos allí, en la escalinata de la puerta de entrada por Miramar, desde donde divisábamos la antigua escuela de Magisterio, en la que yo cursé la enseñanza primaria, el cementerio, al que dedicaré otro día algún recuerdo y el gran depósito de agua delante del caserío Aguirre ya en la ruta hacia la subida de Bérriz.
– Subimos por el pilar hasta el bolardo y luego, desde allí saltamos al muro, por encima del portón que hay donde agarrarse bien – nos decía Manolín como el estratega que era del grupo – Es pan comido, aunque Santi no sé si podrá hacerlo.
Aquel comentario, lejos de herir mis sentimientos, aliviaba mi preocupación por una aventura demasiado peligrosa. Al contrario que mis amigos, yo era más consciente del peligro y sabía diferenciar los riesgros de la vida real y los de las historias del cine. Quizás mi descubrimiento de la vida se producía entre malsabores y decepciones, pero así era, y por eso, tal vez, era menos arrojado que ellos, que apenas sopesaban lo poco que podían ganar y lo mucho que podían perder.
– Entonces..¿Yo no entro? – pregunté esperanzado.
– Eres un gallina, Santi – me reprochó Floren.
Sentí como mi atisbo de esperanza se diluía en un instante al percatarme de que si no respondia al reto de Floren podría dejarme una marca de por vida, así que haciendo de tripas corazón asumí de mala gana pero con aparente entereza el desafío
– Yo también voy – afirmé con rotundidad – Si puede Javi puedo yo.
De esta manera implicaba indirectamente a Javi que hasta ese momento había permanecido callado como si la cosa no fuera con él y así no me sentiría tan solo ante el peligro.
– Bien – dijo Floren – pero yo creo que sería mejor ascender por el árbol que hay un poco más arriba en la carretera, junto al muro. Sólo es un paso pasar de la rama a lo alto de la tapia.
Manolín negó con la cabeza repetidas veces mostrando su socarrona y condescendiente sonrisa de autosuficiencia que siempre le dedicaba a Floren cuando éste abría la boca.
– El muro en esa zona está muy elevado hacia el interior. Una caída demasiado alta, casi cuatro metros. ¿Qué opináis?
Por supuesto, Jesús apoyó enseguida la opción de Manolín mientras que Floren nos miraba inquisitivo esperando nuestra reacción. Yo me encogí de hombros mientras pensaba que tan difícil me resultaba una opción como la otra. Al final Javi se decantó también por Manolín teniendo en cuenta, supongo, su estatura y la altura del muro por la zona de árbol. Manolín se hinchó como un pavo real, orgulloso y pletórico y se puso en pie ante nosotros.
– ¡Vamos pues! – ordenó – ¿Habéis traído todo?. Santi, ¿la linterna?
– Aquí está – confirmé enseñando la linterna que había sisado del cajón de las herramientas de mi padre.
– Jesús, la cuerda.
– Sí – contestó Jesús.
– Javi, la otra linterna
– ¡Huy! – exclamó Javi – La he traído pero creo que no funciona muy bien, o tiene las pilas medio gastadas.
– ¡Joder! – exclamó Floren – una sola linterna para los cinco.
Lo que resultaba curioso y chocante a la vez es que los dos machos alfas no se veían en la obligación de aportar nada, como si estuvieran exentos de tales trámites por su condición y les bastara con su presencia para haber cumplido con su cometido.
– Ya se hace de noche – observó Floren – cuanto antes vayamos mejor que si no, luego en casa, nos dan la del pulpo.
De esta manera, nos pusimos en marcha. El primero en ascender al bolardo fue Manolín haciendo, por supuesto, exhibición de sus habilidades físicas, como si fuera un acróbata de circo ante su público. Una vez sobre la gran esfera de piedra se flexionó sobre sus rodillas para tomar impulso y de un salto se colgó de la jamba de madera que coronaba el portón. Buscó apoyo con los pies en los goznes y, poco a poco, haciendo un gran esfuerzo – del que yo me percaté no sin temor – se encaramó a lo alto sentándose a horcajadas sobre el dintel de la puerta.
– El siguiente – nos gritó desde lo alto entre sofocos por el esfuerzo – No es difícil ¡vamos!
Floren no podía ser menos así que repitió el mismo proceso pero con un poco más de dificultad ya que era de menor estatura que Manolín pero, al contrario que este, era bastante más robusto. Una vez que Floren estuvo al lado de Manolín nos tocaba a nosotros.
– Yo no voy – dijo Javi – es demasiado alto para mí. No llegaré y seguro que me caigo.
Se echó a un lado cediédome el paso a la vez que buscaba con la mirada desesperadamente a Jesús para hacer lo propio con él. Pero Jesús, visiblemente nervioso, trató de ocultarse escondiéndose bajo las sombras que proyectaba el gran portón sobre la escalinata.
– No seas cobarde Javi – le reprochó Manolín – si hasta Santi lo va a hacer.
Si algo me humillaba más que mi cobardía era el desprecio con el que Manolín se dirigía a mi cada vez que había que hacer una demostración de valor, como si yo fuese la referencia para los demás. Si yo podía hacerlo, los demás también y sobradamente. Eran sus pequeñas venganzas por nuestro pleito. Así que de nuevo me ví obligado a tragarme mi miedo y adoptar una actitud orgullosa ante lo que me esperaba.
– Si, si…claro – musité – venga Javi, detrás de ti voy yo.
Javi me miró muy serio, con aquel rictus que añadía a su rostro cuando se sentía engañado o traicionado. Se acercó a mi hasta apenas unos centímetros y me miró desde abajo.
– Claro que sí valiente, pero mejor ve tú antes – me dijo.
En ese momento un ruido sordo, como el de un fardo cayendo al suelo, interrumpió nuestro pequeña discusión sobre el valor.
Al volvernos vimos a Jesús tendido todo lo largo que era en el suelo. Pero lo más interesante de la situación es que había caído al otro lado del muro mientras que la hoja derecha del portón se abatía hacia dentro. Con la premura de ocultarse, Jesús se había apoyado con fuerza sobre una de las hojas de la puerta y esta había cedido con suavidad bajo su peso, dejándonos franco paso sin necesidad de acrobacias peligrosas.
– ¡Ahí va la hostia! – exclamó Javi – El portón estaba abierto. ¡Joder! ¡Estaba abierto!
A pesar de los años transcurridos, todavía recuerdo la cara de estupefacción de Manolín y Floren subidos en lo alto del dintel. Con el paso del tiempo, muchos han sido los rostros de mi infancia que se han hecho borrosos o difuminados en los años, pero el gesto estúpido de ambos se ha quedado grabado en mi cerebro, tal vez como desagravio a todas las crueldades y humullaciones a las que éramos sometidos o quizás sea un capricho de la naturaleza la que determine que retazos de la vida permanezcan para siempre en el recuerdo.
Javi y yo nos miramos satisfechos, libres de la necesidad de escalar a aquellas alturas y de rompernos la crisma a causa de nuestra torpeza, así que entramos y ayudamos a Jesusín a levantarse que, con su estatura y su peso, no podía menos que dañarse seriamente los codos y raspado las mejilas.
– ¡Bravo Jesús! – le aplaudió Javi – Has conseguido que esto continúe.
Cuando se hubo levantado y los dos héroes hubieron descendido de su triunfal atalaya nos dirigimos con premura y bajo las últimas luces del día, hacia la fachada principal de aquel caserón que, con la iluninación que proyectaba el ocaso, se nos presentaba como un gigantesco espectro sobre los abandonados jardines que lo rodeaban. El edificio de aparente solemnidad emulaba a los viejos palacetes inglese de principios de siglo que se construyeron por toda la margen derecha del nervión, sobre todo a la altura de Las Arenas y Neguri y que sirvieron de residencia a empresarios de la minería que, por aquel entonces, emergía con fuerza y prosperidad en toda la provincia. Más tarde me enteré que fue construido en mil novecientos dieciséis y que pertenecía a un tal D. Mariano de la Torre y su familia, muy aficionado a la fotografía, arte incipiente en aquellos años, y que había instalado un estudio en el ático del palacio. También se dice que en la bodega embotellaba txacolí que se producía en los caseríos de la zona y que lo vendía a las tascas y bares de Deusto y La Ribera. En sus buenos tiempos la finca estaba repleta de árboles frutales, flores, pavos reales, tiovivos con escaleras de mármol, fuentes con estatuas de niños,gnomos y un cocodrilo de piedra de los que todavía se conservaba alguno; y se dice que D. Mariano tenía un cochecito tirado por cuatro caballos enanos con el que se trasladaba con su familia hasta Las Arenas y Lekeitio. El edificio, de piedra labrada y madera contaba con una pérgola en el castillete del muro, de la que ya no quedaba nada. También se decía que, durante la guerra civil, fue cuartel del Estado Mayor del ejército vasco. Los muros del edificio, blancos en su mayor parte por una fina capa de yeso, dejaba entrever retazos de pintura azul celeste y blanca desconchada en algunas zonas debido a la humedad y al abandono. De varias plantas superpuestas, escalonaba su altura en tres módulos distintos, cada uno de ellos coronado por un tejado a cuatro aguas de color azul, que variaban desde una altura de dos pisos hasta los cuatro de la parte más alta, y una pequeña torreta octogonal adosada al frente terminada en un tejado piramidal.
– ¿Os gustaría subir allí?- dije señalando al último piso del bloque principal – desde allí sí que se tiene que ver el mar.
Los demás me miraron excépticos, como si la empresa fuese algo más que imposible.
– Primero tenemos que buscar un lugar por donde entrar – dijo Manolín – las puertas están atrancadas con maderos demasiado gruesos y la mayoría de las ventanas del piso bajo están tapiadas con ladrillos. Igual tenemos de abrir un boquete en los ladrillos.
La sola idea de tener que romper el precinto de las ventanas me provocaba inquietud, no solo por el hecho de entrar en una propiedad ajena, sino por el ruido que aquello podía provocar a esas alturas de la tarde. Habíamos oído, aunque no lo sabíamos con seguridad, de que por allí rondaba de vez en cuando un guarda para impedir que la muchachada del barrio entrara en el edificio y se pudiera herir por el estado de ruina de su estructura. Pero aún sabiendolo a ciencia cierta no estábamos dispuestos a volvernos sin haber consumado nuestra pequeña aventura.
Rodeamos la vivienda buscando un hueco por donde colarnos hasta que, por la fachada oeste, nos topamos de bruces con una pequeña ventana cuyo tapiaje se encontraba medio derruido y por el cual podríamos deslizarnos, no sin dificultades, en el interior. El primero en entrar, como no podía ser de otra manera, fue Manolín, que para eso era el mayor. La ventana era la única abertura exterior de una habitación no demasiado grande, plagada escombros y basura y cuyos techos, decorados con infinidad de querubines, nubes y estrellas, parecían cobrar vida bajo la tenue luz de la única linterna que poseíamos. Al fondo el suelo se elevaba tímido en una tarima de madera, casi un pequeño escalón y, sobre esta se alzaba una especie de ara, a modo de altar. Dedujimos que aquella estancia en la que estábamos había servido de capilla para la familia que en otro tiempo habitó el palacete. No fue necesario demasiado esfuerzo para que mi imaginación reconstruyera la vida de aquella familia acomodada, viviendo en una gran mansión sobre el valle de Deusto mucho antes de que se erigiera el barrio destinado a dar cobijo a todos los emigrantes venidos de otras regiones de España que, en masa, acudieron a la llamada del progreso y del trabajo, con la esperanza de una vida mejor y un futuro para sus hijos. Ahora, con el paso de los años, siento aquellos momentos como la vida que cargamos a nuestras espaldas, con el mismo peso, el mismo ruido y el mismo goce. Y allí, bajo aquella techumbre en ruinas sobre la campa del Miramar, entre las colinas del Monte Banderas y el alto de San Bartolomé de Bérriz, llenábamos nuestro pequeño espacio de vida reconstruyendo con una fantasía inmaculada los árboles frutales, los pavos reales, las escaleras de mármol que un día formaron parte del caserón y que hoy no eran sino despojos de un tiempo decadente, exclusivo y sediento de ambages que ya no importaban. Y, como una bandada de buitres nos afanábamos en blanquear sus huesos, hasta la médula, dejando a la vista el imponente esqueleto de la memoria, sin otra pretensión que la de balancearnos en sus balcones y conquistar alturas aunque, tal vez, lo único que llegásemos a conseguir fuera algún que otro hueso roto.
De esta guisa, aparecimos en el gran vestíbulo de la casa desde donde emergía insolente una gran escalera de caracol de madera hacia los cielos, o por lo menos así me lo parecía a mí, a lo alto de aquella arboladura anacrónica. A la luz de la linterna observamos el deterioro de los peldaños, algunos de ellos podridos por la humedad y otros ausentes del todo. Por allí pretendimos subir casi todos a la vez, con la vista resulta en el destello de nuestra linterna que iluminaba retazos de suelo, y los oídos agudizados en la necesaria discriminación de extraños ruidos ajenos a nuestras voces. Habíamos oído historias de aterradores espectros que atravesaban las paredes y volaban por los espacios vacíos de las estancias, fantasmas hambrientos de almas inocentes que pretendían nuestras vidas para así arrastrarlas a los abismos más profundos y oscuros del infierno.
Manolín, que era muy dado a contar historias de terror, comenzó a narrarnos los cuentos que su “amama” le contaba cuando vivía en el antiguo caserío del Goierri. Algunos sobre la familia de D. Mariano de la Torre, dueño y fundador de aquella finca. Se decía que el palacete se construyó por el año 1916 y que tenían un cochecito tirado por caballos con el que se desplazaban a Las Arenas y Lekeitio. Y que, ahora abandonado, sus fantasmas recorrían la mansión y descendían a la bodega por la puerta adosada al murallón del castillete, fuera de la casa, desde donde, en otro tiempo, embotellaba Txacolí para venderlo en las tascas y tabernas de Deusto, como hacían casi todos los caseríos, en las cuales daban buena cuenta del vino los estibadores del puerto y los obreros de los astilleros de Axpe y Olaveaga. También le contaba que si agudizabas bien el oído podías oir sus pasos sobre la quejumbrosa madera y su ronca respiración. Tanto nos habíamos metido en la narración de Manolín que ya escuchábamos el ritmo cadencioso de pisadas por todas partes y lo que podría ser el viento filtrándose a través de las numerosas brechas de las paredes, nos sonaba más a resoplidos fantasmagóricos faltos de aliento.
Mientras escuchábamos embobados a Manolín, abosortos en su cuento, casi no nos percatamos de que ya prácticamente estábamos en el primer piso.
– ¡Ojo! – advirtió Floren – El suelo está lleno de agujeros. Nos podríamos caer abajo.
– ¡Joder! – protestó Manolín – Y nosotros con una linterna únicamente.
Los chasquidos de la madera bajo el peso de nuestros pies se hacía más intenso por momentos a la vez que nos agrupábamos en una piña, cerca de la luz que iluminaba nuestro frente aunque ahora de manera débil.
– ¡Vaya! Las pilas se están muriendo – dije.
-¿Dónde está Jesusín? – preguntó Javi de improviso.
Todos miramos a nuestro alrededor con curiosidad, pero Jesusín había desaparecido en silencio, como por arte de magia y de él no quedaba ni rastro. Ni siquiera ese agrio olor a cerrado que emanaba con regularidad al que nosotros, con el paso del tiempo, ya nos habíamos acostumbrado.
– ¿Oís? – preguntó Floren- ¡Ese ruido viene de arriba!
Todos guardamos un silencio sepulcral tratando de descifrar el origen y la procedencia de aquel ruido que nos apuntaba Floren.
– Son como pasos largos – aclaró Javi – pasos que se acercan a nosotros.
En ese instante, algo dentro de nosotros estalló con estridencia, como un volcán en erupción, cuya lava asciende impetuosa hasta el cráter para de repente detenerse en la mismísima salida y volver a succionarse hacia la gran olla de magma de su interior. Así, yo noté ese ascenso del miedo desde mis piernas hasta el cerebro y volver a descender hasta mis piernas con una gran sacudida que las hizo temblar y fue entonces cuando se disparó el resorte que nos ataba al suelo, y de un brinco repentino nos lanzamos escaleras abajo, de dos en dos, sin otear siquiera los posibles agujeros o roturas donde pudiéramos caer sin remisión. Pero miento cuando me incluyo en aquel vertiginoso descenso ya que en mi caso, mi poca velocidad y capacidad de reacción me hizo quedarme atrás, muy atrás. Además mi habitual torpeza me condujo al único agujero que había en el suelo quedándome atrapado hasta la cintura, entre dos pisos, pataleando en el aire, con el terror dibujado en cara por dos miedos, el de caer al piso de abajo y el de ser atrapado por el espectro que sin duda se dirigía hacia mí.
En esta situación, oía alejarse las voces de mis amigos, casi gritos de angustia en la oscuridad del recibidor primero, y de la capilla después, buscando despavoridos la salida al aire nocturno de la noche. Y al poco, la tiniebla más absoluta, el sonido del viento a través de las ventanas selladas con tablones y, lo más inquietante, aquellos acompasados pasos acercándose a mi espalda, sin poder girarme ni escapar comenzaron a hacer mella en mi ánimo, y no puede menos que gritar, llorar y patalear con desesperación. A través de las grietas del suelo pude atisbar la planta baja del recibidor, tenuemente ilumnado por las pocas luces que procedían del exterior y penetraban en el interior a través de la puerta de acceso a la capilla. A través de ella llegué a intuir la huída de mis amigos, muy borrosa entre las oscuridad y las lágrimas que me impedían ver con claridad y poco después a Jesusín, el desaparecido, subiéndose los pantalones con la difucultad del que lo hace mientras huye.
– El cabrón se había ido a cagar – exclamé para mis adentros – ¡Jodido Jesusín, siempre igual de oportuno!.
Le llamé a gritos, le supliqué, pero él ni siquiera miró hacia arriba y desapareció igual que los demás detrás de aquella puerta, la esperanza de escapar de allí. Pero antes de que la rabia fraguara en un inútil forcejeo sentí un agitado aliento detrás de mí, cada vez más fuerte, más próximo. Luego tuve la sensación de que no estaba solo, de que había alguien más junto a mí, varias personas tal vez, muy físicas, nada sobrenaturales, y sin saber por qué aquella circunstancia me tranquilizó. Pero esa tranquilidad no duraría demasiado cuando ante mí se plantaron las zapatillas “Keds” azules muy familiares de Eusebio y las viejas abarcas de Fermín. Alcé la mirada hacia arriba y quedé cegado por la luz de una linterna que enfocaba directamente hacia mis ojos, a pesar de que sus voces me llegaban nítidas como cuchillos, y sus siluetas se imponían gigantescas ante mi medio cuerpo atrapado en el suelo. Eusebio y Fermín, los de la calle Eguileor, nuestros peores enemigos, allí delante de mí, indefenso y solo, dispuesto a recibir el cruel correctivo de unos chicos a los que hoy consideraría verdaderos criaderos de crueldad y falta de empatía. Los niños de las dos caras, la de los parroquianos seguidores del cura del barrio, comulgadores de domingo y organizadores de actividades para los niños del barrio, y los abusadores de tiempo libre, que se entretenían martirizando a los que catequetizaban los sábados por la tarde. Sus víctimas preferidas eran niños como yo, débiles de condición física y apocados de carácter. Con el rostro lleno de lágrimas vi la figura de Eusebio agacharse frente a mi y sonreír cínicamente mientras me hablaba jactándose ante sus amigos.
– Pero quién tenemos aquí…- dijo acercándose a la mitad de mi cuerpo que emergía del suelo.

Angus en la batalla del Somme

– Viento de seis nudos. Del este.

Fritz me informaba cada cinco minutos, sin apartar los ojos del visor telemétrico.

– ¡Espera! – exclamaba – Ahora son ocho nudos.

Mientras, yo encaraba mi Mauser 98, o como lo llaman los alemanes, Gewehr 98, al que había acoplado – de manera muy tosca, he de decirlo – una mira simple de caza. En la oscuridad y con aquella fina lluvia que caía sin cesar desde primeras horas de la tarde, unos ojos normales, humanos, con sus virtudes y sus defectos, no verían absolutamente nada. Pero los míos no eran de este mundo y, a pesar de la necesidad de ocultar mi condición de no muerto, veían más allá de la negrura de aquella noche lluviosa y traspasaban la cortina de agua que se derramaba sobre el campo de batalla. Tanto es así, que podía diferenciar claramente los cuerpos tendidos de los soldados británicos abrazados a una ametralladora Maxim que batía el terreno incesantemente sobre los socavones que los obuses habían sembrado por todo el descubierto.

Agazapados detrás de los restos del único muro de piedra que quedaba en pie de lo que otrora fuera una granja, esperábamos impacientes el resplandor de la siguiente bengala que iluminara sus filas delatando los puestos avanzados a este lado del río Somme.

– ¡Joder, no veo nada! – mentí.

– Espera a la bengala – me ordenó Frizt – El viento ahora ha remitido, apenas un par de nudos. Siempre del este.

Mientras Frizt recalculaba la deriva, yo recordaba, no sin ciertos remordimientos de conciencia – en esto debo reconocer que me estoy haciendo demasiado humano – mi penosa andadura en este casi recién estrenado siglo de una Europa decadente. Una y otra vez se repetían las mismas premisas, las mismas soflamas. Una y otra vez, la estupidez de esta especie en evolución se imponía a la razón y al sentido comúm, la ignoracia supina y el aborregamiento recalcitrante se exponían de manera impertinente y arrastraban tras de sí a toda una generación de ingenuos jóvenes que, llevados en volandas por el arrojo propio de la inconsciencia colectiva, se apuntaban al matadero con absoluto y total convencimiento de que la gloria y la razón – incluso Dios – estaban de su parte.

Por eso no sufrí demasiado – en realidad sólo sufro de amores por mi añorada Lucrecia –  cuando el teniente Vogel cayó bajo el influjo de mis encantos y, aprovechándome de su lasciva condición de amante de los hombres, pude desangrarlo lentamente, paso a paso, sin sentir resistencia alguna, mientras se afanaba en los deleites que mi cuerpo le ofrecía, hasta que cayó  en un profundo y dulce sueño, el de la agonía sobrevenida, y dejó de respirar.

Asumir su identidad no fue nada complicado, e incorporarme como teniente de fusileros en el Regimiento de Infantería de la Guardia Prusiana tampoco. Rápidamente empaticé con la soldadesca, compuesta en su mayor parte por campesinos y obreros de leva, aún siendo mi anfitrión identitario miembro del selecto club de una aristocracia almidonada y decadente. No hubo esfuerzo en ello. Tan sólo el apodo de “Lieutenant seltsam” – algo así como “teniente extraño” en su áspero idioma – y un par de bofetadas aleatorias que tuve que repartir para no caer en la displicencia y perder el respeto debido. Oía sus comentarios a lo lejos maldiciendo la degeneración de la vieja aristocracia de la Prusia Oriental, los dislates que se le achacaban a la familia del Barón Von Vogel, las orgías que se celebraban hasta altas horas de la madrugada en su palacio de Volgelmburg e incluso hubo quien se atrevió a acusarles de satánicos y asesinos de niños indefensos, de los cuales, una vez finalizado el ritual, daban cuenta de los restos en un banquete multitudinario.

Y allí, junto a ellos, soldados de miserable condición y escasa motivación, se hallaba – bajo mi apariencia personal claro está – el vástago más joven compartiendo en tabernas de mala muerte cerveza caliente, putas y obuses. Y lo que desconocían es que el bueno de Otto Vogel reposaba a dos metros bajo la tierra de Verdum y que quien llevaba su flamante uniforme gris de campaña no era otro mas que Angus Ardelean, el vampiro condenado a vagar por el tiempo en busca de la recuperación  de un amor que perdió, hacía siglos, en una noche de eterna primavera. Lucrecia, amada hasta la extenuación, añorada en un llanto de lágrimas rojas que derramaba ante su tumba, buscada en el transcurrir del tiempo y en los rostros de las doncellas que desfloraba en las bacanales de sangre. Mi destelleante lucero cegador de la consciencia, clavado en mi cerebro de no muerto hasta la mismísima amigdala, princesa de las tinieblas, espectro amante del día y de la noche.

La bengala que iluminó el cielo negro del Somme y que dibujó las gotas de la lluvia como líneas alargadas pintadas en el aire me sacó de mis pensamientos y como si me rasgaran la piel en mil y un jirones me devolvíó al chapoteo del barro, las voces de la trinchera y el tronar de los obuses.

– ¡Dispara! – me ordenó Fritz.

Presioné el gatillo con suavidad, sin movimientos bruscos, deslizándolo hacia atrás con uniforme intensidad hasta que, en un punto determinado, se endureció y a partir de ahí saltó con un brusco quejido dejando escapar un fulgurante resplandor por la bocacha entre los miles que se cruzaban en la noche bajo un tableteo sordo y seco. Por el visor de la mira pude ver una pequeña polvareda junto a los sacos de arena que protegían el nido de la Maxim, en lo alto de la trinchera del enemigo.

– Has fallado; demasiado bajo y demasiado a la izquierda. Corrige dos puntos a la derecha. El viento no es fuerte pero parece que la mira no está bien calibrada – me informó mi compañero.

Giré el tornillo de la guía lateral de la mira dos puntos a la derecha hasta centrarlo bien sobre el casco que se asomaba por detrás de la ametralladora. No era un tiro fácil y más en una noche como aquella y, aunque yo no necesitara la luz de las bengalas para verlo muy claro, debía de aparentar que todo aquello influía en mi disparo para no levantar sospechas. De ello dependía mi supervivencia y mi alimento.

– ¡Bengala!- me avisó Fritz – ¡Ahora, dispara!

Acababa de recargar el Mauser tirando del cerrojo y expulsando el cartucho vacío del anterior disparo para introducir una nueva bala en la recámara. Encaré de nuevo el blanco y disparé rápido, sin pensar demasiado. En esta ocasión no fue la polvareda de un saco de arena lo que se expandió en el aire sino una especie de nube roja de sangre y sesos que emergió por detrás del casco de uno de los soldados desapareciendo inmediatamente detrás del parapeto.

– ¡Blanco! ¡En toda la sesera! – rió Fritz.

– ¿Nos habrán localizado? – pregunté.

Fritz rió aún más, casi a carcajadas mientras sacaba una petaca del bolsillo de su abrigo.

– ¿Vernos? ¿Con este berenjenal? Tú estás loco. Ni siquiera saben de dónde a venido el disparo.

Empinó la petaca sobre la nariz justo en el instante en que toda una masa viscosa y sanguinolenta se estrellaba contra mi rostro y Fritz, con el gesto congelado en un rictus absurdo, casi ridículo, se desplomaba de bruces sobre el barro, deslizándose por la ladera del promontorio que descendía desde el muro hasta un enorme hueco producido por uno de los muchos obuses que sembraban todo el campo.

-¡Joder! – exclamé.

En seguida percibí la presencia de un francotirador enemigo entre las sombras. Fritz descuidó su camuflaje al sacar la petaca y el cazador no falló el tiro.

De manera involuntaria y traicionando mi tradicional sentido de la prevención, asomé la cabeza por encima del parapeto, lo justo para que un segundo disparo me acertara entre los ojos traspasando mi frente y abriendo un gran boquete de salida a la altura de la nuca.

Caí de espaldas, como un fardo, impulsado por la fuerza del proyectil, quedando boca arriba sobre el lodo, con el oscuro cielo del Somme sobre mi cuerpo y las gotas de agua golpeando mi rostro con furia. Ni una estrella que iluminara mi agonía, ni un asomo del universo infinito que se supone que nos rodea.

– “Pobre iluso.” – pensé -“Yo ya estoy muerto”.

Esperé cuatro, cinco minutos. Notaba la humedad de la lluvia sobre mi cara y el resplandor intermitente de los relámpagos y de la artillería, y bajo aquella orquesta de ruidos y percepciones, una sensación de quietud y de paz se fue apoderando de mi cuerpo, como un renacer de las tinieblas, una especie de nuevo amanecer con inusitadas fuerzas y energía.

Al poco, el rumor de unos pasos que se acercaban se dejaron oír, mientras mis heridas se cerraban y la realidad volvía a apoderarse de mis sentidos. El chapoteo de unas botas sobre los numerosos charcos y el roce de gabanes sobre el suelo mojado se aproximaban por el otro lado del parapeto. Al fin, un par de piernas se situaron a la altura de mi cabeza. Era un soldado británico. Apoyó su fusil contra el muro y comenzó a rebuscar en mi abrigo. Sacó mi cartera con la identificación del teniente Vogel. Extrajo la cartilla militar y las fotos de su esposa. Luego arrojó la cartera lejos. Después rebuscó en mi pantalón y extrajo de él un sobre con picadura de tabaco, un librillo de papel y una caja de fósforos. Se sentó a mi lado y comenzó a liar un cigarrillo. Con parsimonia se afanaba en la tarea tratando de proteger las labores de tabaco con su capote de la incesante lluvia que ahora arreciaba con fuerza.

A lo lejos, la artillería alemana comenzó de nuevo a batir el campo de batalla. Los obuses silbaban sobre nuestras cabezas mientras que las bengalas iluminaban a retazos el celo negro de aquella noche de 1916. Y de repente, me levanté como un resorte elevándome sobre mis talones, como si la gravedad hubiera dejado de existir, haciendo espectáculo de mi nueva entra triunfal en la vida. Descubrí ante mí el rostro del miedo, de ese miedo paralizante que acobarda hasta el extremo de bloquear los músculos y la voluntad. Vislumbré a través de las gotas de lluvia que nos separaba un ojos abiertos y desencajados mientras el cigarrillo se le escurría de entre los labios y se le deslizaba sobre el capote empatado por la lluvia.

– Pero si…no es posible…yo te di de lleno – balbuceó.

– ¿Debería de estar muerto? – terminé por él un pensamiento incompleto.

El soldado seguía sentado, apoyado contra las piedras del muro, descubriendo, quizás en ese instante,  que no tenía posibilidades de escapar y de salir de allí con vida y que, en todo caso, si hubiera alguna posibilidad, esta era tan frágil que cualquier cosa, por insignificante que fuera, podría frustrarla con facilidad pasmosa.

– Has matado a Fritz – le dije con cierta solemnidad – Era mi proyecto, mi pupilo. Estaba casi listo para acompañarme en mi viaje a través del tiempo.

El soldado seguía sin pronunciar  palabra y en su rostro adiviné claras intenciones de intentar escapar o de agredir en una desesperada acción para sobrevivir o por lo menos para acabar de una vez  por todas con aquella pesadilla dentro de una pesadilla.

– Ahora debo sustituirle – dije – ¿Qué puedo hacer? A ver, déjame pensar…

– ¿Quién eres tú? – me preguntó – ¿Qué eres tú?

Le sonreí con cierta condescendencia, como el que lo hace con un inocente y travieso niño al que nada se le puede negar por su misma condición de niño.

– Soy el que te va a dar la mejor de las oportunidades, la de vivir para siempre, o mejor aún, la de morir viviendo para siempre.

Era manifiesta su incredulidad ante mis palabras. No acertaba aún a saber quién podía ser yo, qué demonio salido del infierno o espectro maldito le hablaba con el cráneo atravesado por una bala del 7,62 rompiéndole el cerebro desde la frente hasta la nuca y que se había levantado de aquella manera antinatural dirigiéndose a él como si lo único que le hubiera ocurrido fuese la molesta picadura de un tábano.

– Deberías estar muerto – respondió confirmando mi pregunta anterior.

– Lo estoy amigo mío, lo estoy – le dije – pero no te preocupes por ello, no debes de tenerme miedo. Sólo tienes que tener miedo a los vivos. Son los realmente responsables de que existamos nosotros.

– ¿Qué vas a hacerme?

– Nada malo o, por lo menos, no tan malo como piensas. Sólo te voy a hacer un regalo muy especial. Algo que te marcará para la eternidad ¿Quieres vivir para siempre?

– ¡Por piedad! – me suplicó – tengo mujer. Ella me espera, ¿que será de ella si yo muero?

Los humanos siempre se escudan en su imprescindibilidad, como si el mundo se acabara cuando ellos ya no están. Yo sé que eso no es cierto. Yo sé que el mundo sigue girando y que las historias se repiten y una guerra seguirá a otra y a otra, y a otra…

El campo de batalla era de nuevo batido con fuego de morteros y cañones como la Gran Berta de 420 mm. El suelo se estremecía bajo nuestros pies, mientras nos llovían cascotes y barro como si fuera metralla, mezclándose con la lluvia que arreciaba más si cabe y el hueco situado bajo nuestra posición se inundaba haciendo que el agua llegase a la altura de nuestras rodillas.

– Es la hora amigo – le dije – te aseguro que esto será el comienzo de un viaje muy largo que haremos juntos.

Me abalancé sobre él. Me deleité entre el tronar de la explosiones en el fluir de su sangre caliente entre mis labios. Primero se resistió un poco; luego, después de un leve forcejeo, su cuerpo se rindió y se dejó llevar dulcemente hasta el renacimiento.

 

Ciudad de Bath (Inglaterra). The Circus Square, tres años después.

– ¡Catherine! -gritó Will desde la calle – ¡Catherine!

Asomada a la ventana, una bella mujer de cabellos dorados y rostro angelical nos saludaba.

– ¡ He regresado Catherine! – gritó Will mientras respondía a su saludo con la mano – ¡La guerra ha terminado!

La mujer desapareció en el interior de la habitación para reaparecer momentos después en el umbral de la puerta, sobre la escalinata de piedra, con aquel hermoso vestido blanco, radiante, cegador, más si cabe para unos ojos cuyo hábitat natural es la oscuridad. Vi reflejada a través de su luz el rostro de Lucrecia, mi amada, y recordé otros momentos perdidos en la línea del tiempo, otros besos robados en la penumbra de una habitación renacentista, bajo palio, entre blancas sábanas de seda y candelabros de plata. Dentro de mi sentí de nuevo el palpitar de un corazón marchito, partido en dos por la pérdida.

– Traigo un amigo Catherine – le dijo mientras ascendía los escalones de dos en dos – Un compañero de armas.

Se abrazaron con fuerza, con la pasión del reencuentro después de una larga ausencia. Se besaron. Después, le cogió la cabeza con ambas manos y le sonrió.

– Tengo muchas cosas que compartir contigo – luego me miró – Angus, amigo, ven que te presente a mi esposa.

Catherine me alargó la mano que yo así con suavidad y besé rozándola apenas con los labios inclinando ligeramente la cabeza.

– Encantado Catherine – la saludé – es un verdadero placer conocer a la bella esposa de mi compañero.

– ¡Oh! – respondió ella – Es usted muy amable.

Y los tres nos sumergimos en el interior de aquella casa de The Circus Square, en la antigua ciudad romana de Bath. Si había algo que había echado en falta durante la guerra era un buen desayuno inglés.

 

El devorador de horas

El tiempo es inexorable con la vida. No perdona ni regala nada, ni te ofrece una segunda oportunidad. El tiempo almacena en alguno de sus múltiples estómagos los momentos felices, los tristes y penosos y hasta los olvidados o rechazados por nuestra memoria. Nada escapa a su control y, poco a poco, deja su profunda huella en nuestra piel. como el rastro de los años vividos, las cicatrices del alma, los recuerdos de la infancia que se esfuman entre las brumas de un cigarrillo mal apagado.

Quizás, sentado en este sillón con orejeras, contemplando la vida pasar desde la barrera, cómo pasan los hijos, los nietos, cómo el bullicio se aleja y la soledad se apodera del sitio abandonado, quizás entonces, y sólo entonces, pueda dedicarle una sonrisa a la vida que queda, pero sólo a medias, con la comisura de los labios ligeramente alzada, socarrona, burlesca y, hasta cierto punto, arrogante; quizás pueda dibujar en el aire la silueta de aquel amor que se fue para no volver nunca más, acariciar con mis ojos la línea de su perfil brumoso, escuchar lejanos los gritos de los que una vez me amaron y ahora me ignoran, tal vez por viejo, por inútil. Quizás entonces se me vaya la vida muy despacio, sorbo a sorbo, y pueda cerrar los ojos al mundo y desaparecer en medio del jaleo, casi sin que os deis cuenta.

Crónicas del ancestro

Las fuerzas le flaqueaban en las últimas horas del día. Después de caminar durante semanas, sin apenas alimento ni agua, había conseguido ascender a la cima de un promontorio que se alzaba sobre la inmensa llanura salada. Desde allí dominaba todo el territorio y podía distinguir a lo lejos los brillos relucientes de la luz del sol poniente reflejada sobre las aguas del gran lago.

Desfallecido y tambaleándose entre las piedras del camino, consiguió alcanzar la orilla sobre un remanso arenoso. Hundió las rodillas en las húmedas arenas e inclinó la cabeza hacia la superficie del agua. Los primeros sorbos surgieron acelerados y agónicos. No calmó su sed hasta pasados unos minutos. Después, ya más calmado, ahuecó las palmas de las manos y escanció en ellas toda el agua que pudo retener para, posteriormente, acercársela a los labios recreándose con el frescor en su boca segundos antes de tragársela. Más tarde con ambas manos sacudió la superficie salpicándola hacia su rostro hasta que, por fin, se dejó caer de espaldas, exhausto, sobre las negras arenas y, abriendo los ojos, descubrió el cielo estrellado de un crepúsculo en el amanecer de los tiempos.

Tumbado allí, en medio del nacimiento de la noche, recordó a Piel Blanca y Mirgo, a Keenu y Cabello Dorado. Pero ellos ya no estaban. No lo consiguieron. Y él, Ekin, el cazador, era el único que quedaba. Quizás el último de un mundo que parecía tan inmenso y tan pequeño a la vez.

En los últimos años, la ausencia de las aguas que caían del cielo se llevaban a los rebaños de renos lejos de sus hogares y no tuvieron más remedio que seguir el rastro de las manadas hacia el gran norte, atravesando áridas llanuras y ascendiendo heladas montañas, caminando por territorios peligrosos, asediados por los comedores de hombres, las fieras de colmillos largos y los perros salvajes que, al igual que ellos, seguían los mismos rastros.

El viaje lo comenzaron cinco, los últimos de su pueblo. Pero antaño eran muchos más, casi cincuenta entre hombres, mujeres, niños y ancianos. Keenu, el hombre santo, les predijo que el tiempo de los hombres oso llegaba a su fin. Y así había sido, primero la gran helada, después el ataque de los hombres perro y, por fin, la gran sequía. Y ahora sólo quedaba él, Ekin, conocido como Piel de Oso, el cazador, el más joven, el matador de mamuts, el que trajo a la cueva la cabeza del gran oso cavernario, el símbolo del espíritu de su clan, el aclamado cazador que salvó a los suyos del asedio de los lobos, el que peleó con furia en la guerra por el Valle de los Renos, el mismo que ganó los favores de Piel Blanca, la hembra más fértil, la madre de todos, de piel clara como el alba y cabello dorado.

Y mientras se recreaba en recuerdos pasados, desde su espalda, un gruñido sordo atravesó el aire, como el ronquido de Mirgo mientras dormía. Se incorporó muy despacio con el miedo en las entrañas. Aquél rugido lento, le resultaba tan cercano y familiar que adivinó de qué se trataba antes de volverse. Recordó que fue lo último que oyó Piel Blanca antes de morir entre las fauces de aquel diablo de colmillos largos. Al girarse descubrió aquellos ojos amarillos refulgiendo la tenue luz de la luna sobre unas fauces entreabiertas de la que sobresalían, como dos picas blancas, unos largos colmillos humedecidos por una saliva espesa.

Ya incorporado completamente frente a la bestia, asentó bien los pies sobre la arena y flexionó las rodillas a la vez que abría los brazos de par en par. Después pensó que podía ser el último de los hombres, el resto de una raza que se moría poco a poco hasta extinguirse por completo, o quizás no.

El león saltó sobre sus patas traseras con un gran rugido, mientras Ekin dejaba escapar de su garganta el más profundo de los alaridos que podía dar un cazador como él, en espera de un mortal abrazo. Gritó tan fuerte que no oyó la detonación procedente de unas rocas cercanas.

Frente a él se extendía la masa informe de lo que fue la más temida de las fieras. Permaneció en pie con los brazos extendidos, mientras desde detrás de una gran roca emergía un extraño hombre de aspecto desconocido para él. Aquél hombre no parecía pertenecer a ninguno de los clanes conocidos. Tal vez se tratara de un habitante del gran norte o un espíritu enviado por el oso para protegerle. A medida que se acercaba logró concretar más los detalles de su aspecto. De gran estatura, iba ataviado con extrañas pieles y cubría su cabeza con un raro ornamento. Llevaba los ojos cubiertos con un gran cuerno negro que podía mover con su mano a placer, mientras sostenía un arma muy extraña, parecida a una de las hachas que fabricaban, sólo que humeaba por uno de los extremos.

Cuando se acercó le habló, pero sus palabras sonaban diferentes a las palabras de los hombres. Traía consigo un recipiente redondo y fresco que le ofreció sonriente. El gigante no parecía peligroso, pero tal y como vino desapareció en medio de una gran burbuja llameante, como si fuera una estrella caída del cielo, allí donde habitan los espíritus. Entonces se arrodilló y elevó los brazos en una plegaria mil veces repetida, agradeciendo al gran espíritu del oso los favores recibidos porque, ahora sí, estaba seguro de que le protegía y había diseñado un plan para él. Estaba destinado a un fin por el que merecía la pena conservar la vida, aunque fuera el último de los hombres.

 
Quince mil años después

El profesor Morelli enfatizaba ante sus alumnos. Establecía los parámetros de las paradojas temporales en los viajes por el tiempo, concretamente en los viajes al pasado. No sólo el modo de hacerlo (ya fuera por el efecto gravitacional, la aproximación a la velocidad de la luz, o los consabidos agujeros de gusano) sino la incongruencia de poder modificar el pasado y crear un presente alternativo era el motivo de discusión en su clase de Física Teórica

– Si viajo al pasado – decía – y mato a mi abuelo, yo no habría nacido posteriormente para poder viajar al pasado y matarlo. De ahí la inconsistencia de los viajes al pasado ya que estaríamos estableciendo una paradoja temporal. Sólo el futuro está al alcance de nuestras posibilidades porque el futuro está por construir y depende de las decisiones que tomemos en adelante para que adquiera una forma concreta. Así podríamos viajar al futuro y ver cómo ha sido nuestra evolución. Que existen múltiples posibilidades para el futuro, es como decir que existen infinitos futuros posibles. En nuestra mano está optar por uno o por otro.

Las palabras de Morelli resonaban en el Aula Magna mientras sostenía en la mano el cráneo de un dientes de sable en el que se distinguía claramente un orificio limpio, redondo, como si un proyectil de un moderno fusil lo hubiera atravesado.

Aviso a los lectores

Se interrumpe en este momento la publicación de más entregas del relato “Rojo impertinente” debido a su próxima salida en papel del relato completo. Agradecemos a todos los seguidores del blog su apoyo incondicional a esta historia y su difusión desinteresada a través de las redes sociales. De igual manera queremos informar de que éstos serán los últimos días en que se podrá leer lo publicado en el blog. Os mantendremos al tanto de la salida al mercado del libro. Gracias a todos y a todas. Un saludo cordial. El autor,

Santiago Burgos

Cuentos lascivos. “La soledad del centinela”

Lucas estaba sentado frente a la ventana. Hacía ya varias horas que aguardaba pacientemente y, mientras lo hacía, había dispuesto junto al sillón una mesita con un vaso medio lleno de buen bourbon y un cenicero donde se acumulaban las colillas de numerosos cigarrillos consumidos en la espera.

Desnudo, como de costumbre desde que iniciara su aventura, y recostado en el respaldo con la dejadez que provoca el aburrimiento, de vez en cuando daba un largo sorbo mientras que con la otra mano se acariciaba con suavidad sabedor de que, poco a poco, su deseo empezaría a emerger de entre sus piernas.

Miró su móvil con impaciencia, pero este se mostraba oscuro y silencioso, empeñado en sumar enteros a su ansiedad. No pudo evitar pensar en ella, en su mirada descarada. Se excitó tanto con ese pensamiento que temió terminar antes de empezar. Así que decidió cesar en sus caricias, relajarse y apartar de la mente los fantasmas surgidos de la oscuridad para recrearse un poco más en la bebida.
Aún así se descubrió sonriendo cuando el recuerdo le trasladó a los inicios. Primero, aquel cruce de miradas en el portal, después un ascensor compartido, más tarde un vistazo furtivo a un generoso escote. Y en ese lapso temporal de silencios eternos en la cabina del elevador, piso sobre piso, observándola de soslayo, la veía morderse los labios con fruición, desatando en sus entrañas un deseo inconfesable que ni siquiera él sabía que existía.

Los gestos, envueltos en un falso disimulo, se volvieron más osados con el transcurrir del tiempo. De las miradas a los roces fortuitos y después a la proximidad indisimulada hasta llegar a la inevitable seducción de sonrisas abiertas y ofrecimientos a medias.

Hasta que un día, ante el estupor de Lucas, ella traspasó el umbral del puro coqueteo. Y, sin mediar palabra, le posó una mano entre las piernas con la brusquedad y la sorpresa de un impulso repentino. El mismo que hizo detenerse el ascensor entre dos pisos. Después, bloqueado en cuerpo y alma por el momento inesperado, observó atónito como ella descorría la cremallera de su pantalón, y una mano inquieta rebuscaba con ligereza en el interior hasta abrazar con fuerza un miembro endurecido que peleaba por escapar de su encierro. Las caricias se iniciaron a ritmo de tango viejo, en compases lentos primero, y acelerados y convulsos después, mientras que de entre sus labios asomaba la punta de una rosada lengua húmeda que los relamía en un lento recorrido desde una comisura a la otra, a veces deteniéndose entre los dientes que parecían apretarla con una extraña fuerza simulada.

El calor de aquella mano destapó placenteras sensaciones casi olvidadas, y le provocaron descargas que tensaron todos sus músculos. En su ensoñación, sólo reparó por segundos en unos ojos oscuros como el tizón que se clavaban en él de manera arrogante, con la crueldad del verdugo y la ternura del amante.

– ¡¡Shhhh!!! – le susurró – no digas nada, sólo respira.

Sobrepasado el límite del placer, se derramó abundante entre unos dedos que continuaron su caricia, ahora ya con más suavidad, hasta detenerse por completo.

– Espérame esta noche en tu habitación frente a la ventana– le dijo.

Y Lucas obedeció. Alicia, su esposa, lejana y ausente de su vida, no pondría reparos. Ella se había agarrado a otros cuerpos, a otros abrazos, buscando, quizás, lo diferente, lo excitante por nuevo, o añorando lo que siempre quiso y nunca se atrevió a mencionar, o tal vez, él nunca supo darle. Y el alejamiento convirtió su convivencia en una costumbre asumida más que en una necesidad. Así que situó su sillón más cómodo frente a la ventana y esperó.

“Apaga la luz y mira a través de la ventana”, decía el mensaje. Mira más allá, pensó, traspasa el umbral de lo conocido y adéntrate en el mundo de la fantasía, de la que siempre disfrutaste en tus noches de placer solitario.

Ella se mostraba generosa a través del cristal, sobre una cama inmaculada y ataviada con una traslúcida blusa de gasa que se abría entre su pechos cuyos pezones se clavaban en la tela como botones oscuros y que se descolgaba hasta el arranque de los muslos. Y por debajo se dibujaba un sexo limpio de vello, marcado por la suave línea de lo que estaba por explorar. Sostenía en su mano un teléfono móvil que acercó lentamente a su oreja. El sonido de llamada entrante interrumpió momentáneamente el romance personal consigo mismo. Lo cogió titubeante, como adivinando quién estaba al otro lado. Pulsó la tecla de respuesta.

– No digas nada – oyó – déjalo descolgado y con el altavoz conectado, pero no digas nada.

Lucas, obedeció.

– Sólo quiero oírte respirar.

Sintió de nuevo el calor de lo clandestino ascenderle desde las piernas hasta su espalda y cómo una erección espontánea se presentaba eufórica e incontrolada. Instintivamente comenzó a acariciarse con suavidad y delicadeza mientras que no perdía de vista el cuerpo de aquella mujer que trascendía el cristal de las ventanas y se presentaba ante él como un fantasma en la oscuridad.

De improviso, apareció por detrás de ella un hombre joven, de bellas formas, exhibiendo una hermosa desnudez de proporciones perfectas sin restallar en lo grotesco. Se aproximó a su espalda pasándole los brazos por debajo de las axilas y sujetándole los pechos con ambas manos. Al mismo tiempo le acariciaba la nuca con los labios besándola con delicadeza, con un roce casi imperceptible, en un recorrido lento desde la oreja hasta el hombro. Ella alargó los brazos hacia atrás asiendo con las manos las brillantes nalgas del joven y, apretándolas, las atrajo hacia sí con fuerza. Lucas se sintió excitado y sintió como, mecánicamente, acoplaba el ritmo de ellos a su deseo contenido. Ella se sentía observada y él lo sabía, y detectó en su rostro una sonrisa cómplice, ¨¡Mírame!”, intuyó en su pensamiento.

Luego, ella se volvió hincándose de rodillas en el suelo frente a las piernas del joven. Desde su ventana sólo pudo imaginarlo y en su fantasía lo adornó a su antojo. La vio sujetando su miembro con ambas manos y recorrerlo con los labios en toda su dimensión. Aquella imagen hizo que Lucas se apretara el sexo con fuerza, en una reacción refleja entre dolorosa y placentera y, entonces, gimió. A través de las ondas del aire le llegó toda la agitación de aquellos cuerpos y las palabras obscenas pronunciadas a dúo.

¨A ella le ha gustado¨, pensó mientras veía como el joven sujetaba su frágil cabeza dorada mientras alzaba la mirada al techo, tal vez buscando elevarse por encima de todo y deshacerse en la nada.

Continuó engordando su líbido con imágenes y deseos, disfrutando cada instante y cada movimiento. Luego cerró los ojos y la vio bajo sus piernas con los labios entreabiertos, esperando. “Mírame, no cierres los ojos” oyó a través del aire.

Cuando los abrió, ella se había tumbado en la cama con las piernas en alto y las rodillas flexionadas y se dejaba seducir por la lengua del joven. Y, después de recrearse en ello, la volteó con ligereza asiéndola por las caderas y follaron como la animalidad de lo salvaje, de lo que no está por domesticar. Fue entonces cuando sus ojos colisionaron en mitad de un trayecto entre ventanas, cuando ambos se dieron cuenta de lo que querían, él mirar y ella ser mirada. Entonces ella se supo deseada y él supo que la deseaba. En ese justo instante no pudo menos que gritar al aire frío de la noche todo el placer contenido de un sueño repetido muchas veces y realizado ahora.

Sentado en su sillón contemplaba la ventana oscura, como un espejo al más allá, tratando de reflejar todos sus instintos más escondidos. Las citas se habían repetido dos veces por semana, en las que excusándose ante su esposa, se encerraba en su habitación para disfrutar de su fantasía a solas. Ya no quería otra cosa. Sólo una voz a través de un móvil que le susurrara “¡Mírame!…”

Hasta que un día algo que trastocó sus habituales encuentros nocturnos. Un olor familiar se dejó sentir a su alrededor, un perfume conocido por los años transcurridos, los besos perdidos y las noches de amor olvidadas. Sintió el leve tacto de unas manos sobre los hombros que comenzaron a descender por su pecho, y un rostro cálido adherido a su nuca que le rozaba el cuello con los labios. Aquellas manos descendieron lentamente entre sus muslos sustituyendo las suyas.

– Déjame a mi…- le dijo la suave voz de Alicia – yo lo haré. Tú solo mira.

Al principio, sorprendido, no reaccionó. Luego, sin decir palabra, se dejó hacer mientras él contemplaba a su vecina de ventana con aquel joven insaciable.

– Yo te miro mientras tú la miras..– le susurró Alicia a la oreja – …mientras tú gozabas mirándoles yo deslizaba los dedos entre mis piernas mirándote.

Su esposa, casi olvidada, ausente de sus fantasías, había regresado. Y ya, cada noche , no habría frente a la ventana un sillón sino dos.